Me asomo a la terraza de nuestro hotel en Nīs y una bandada de golondrinas cruza el cielo a toda velocidad.
Siempre me ha llamado la atención el devenir de las aves en las ciudades. Es como si se tratase de mundos superpuestos y, muchas veces, ajenos uno al otro. Quiero decir el mundo de los humanos y el de ellas.
Mismo ejemplo que en Nīs ocurre en mi ciudad, cuando las bandadas de grullas en formación hacia el este, atraviesan los enjambres de autopistas y edificios con ese precioso aleteo que me hace detenerme unos segundos.
Un tercer ejemplo, éste novelado aunque probablemente veraz, se desarrolla en un libro que leí hace tiempo: Las golondrinas de Kabul, del escritor argelino con seudónimo femenino, Yasmina Khadra. En este caso, las aves surcaban los cielos de un drama hecho realidad, el Kabul de los inclementes talibanes. El jugueteo y vaivenes de las golondrinas se constituían en una pantalla de libertad para los atormentados lacayos del régimen.
Superposición de identidades contrapuestas.
Una sociedad distópica bajo el vuelo de una sociedad aparentemente libre.
Ignoro muchas cosas de las sociedades serbias como para atreverme a opinar de una superposición de identidades en Nīs, pero esas golondrinas que acaban de pasar sobre mi terraza tendrán más en común con sus congéneres de Kabul que los humanos que deambulan bajo sus alas en lugares diferentes.
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