Estuve de adolescente en Yugoslavia en un autocar que organizo el club Peñalara para subir al Triglav. Recuerdo las estanterías vacías de un supermercado y lo bien que tocaban el acordeón en el refugio.
Años más tarde, mis amigos Juan Luis y Estrella me adoptaron y nos fuimos los tres a Rumanía en coche. Paramos en Belgrado y en un parque los lugareños mostraban fotografías de la guerra.
Está vez, nos alojamos a 500 metros del antiguo Ministerio de Defensa, por lo que hemos iniciado nuestra ruta turística fotografiando el edificio bombardeado por la OTAN. Se mantiene en ruinas para recordar los misiles que impactaron en la ciudad.
Continuamos nuestro itinerario en el templo de San Sava, la iglesia ortodoxa más grande de los Balcanes. Nos sorprende la profusión de la decoración dorada. En el centro de la iglesia hay atriles con dibujos de imágenes que la gente besa después de santiguarse.
Cerca de la Asamblea Nacional nos tomamos un café. El servicio es compartido con la planta baja de un edificio público y junto al conserje hay un mural con una llave inglesa que recuerda a otras épocas.
Atravesamos la plaza de la Republica donde la gente se reunía para protestar por los bombardeos.
Nuestro amigo Ricardo nos llama y nos comenta que su hija es enfermera y estuvo aquí ayudando.
Nuestro diambular nos lleva a la fortaleza de Belgrado y el parque Kalemegdan.
Son las once y sentimos que el calor empieza a notarse. Desde la fortaleza hay unas vistas inmejorables del Danubio, el río Sava y las obras de la Expo 2027. Han aprovechado el foso para hacer canchas de tenis y un museo militar.
Nuestra intención era comer en el barrio de Skadarlija, apodado "el Montmatre Serbio", pero el sentido común se impone y comemos en el primer restaurante que encontramos con aire acondicionado. Tiene un estilo tipo Starbucks y los clientes son treintañeros y oficinistas.
Tenemos la suerte de que la parada de autobús para ir al museo de Yugoslavia está en la puerta.
Nos sorprende que su gratuidad.
El museo consta de dos edificios, uno dedicado a la historia de Yugoslavia y el otro es la Casa de Flores.
En el primero se exhiben los regalos que le dan al gobierno, fotos y carteles desde el nacimiento del Reino de Yugoslavia hasta su disolución. Al final de la exposición hay videos de gente corriente que expresan que no les importan las etnias, comentan como vivían antes e incluso dicen que se sienten yugoslavos. Recientemente he leído un artículo que comenta que se ha puesto de moda la estética de la antigua Yugoslavia e incluso algunos tienen nostalgia de las prestaciones sociales de otro régimen. En la Casa de las Flores donde está enterrado Tito. Un cartel indica que un artista compró varias esculturas del gobernante justo antes de que las fundieran y con ellas ha realizado una obra de arte.
Volvemos a casa en un destartalado trolebus con mucho sabor que se estropea justo cuando nos tenemos que bajar.
Añadir comentario
Comentarios