Decidí, quitando peso en la preparación del equipaje, traerme un saco super light de 600g, sin pensar que mayo es un mes traicionero. He conseguido, a base de capas, mantener una temperatura aceptable en el saco. Pero no ha habido forma con los pies.
Me despierto oyendo los mugidos de las vacas de la granja. Un cielo plomizo y un frío impropio de la época nos hacen presagiar un día duro.
El track transita por pequeñas carreteras que serpentean por el relieve. Un paisaje espléndido nos hace olvidarnos de la lluvia intermitente. Atravesamos pequeños pueblos con casas de mampostería diseminadas sobre el verde infinito y los maizales incipientes.
Viajar en bicicleta es un acto donde las incomodidades se solventan con el placer simple de desplazarte a una velocidad baja. Seguramente esa velocidad que te permite pensar en la vida, en los lugares por los que transitas o en las personas que los habitan.
Decía la escritora Françoise Sagan que no le gustaban las autopistas porque el paisaje pasaba demasiado deprisa y no transitaban por los pueblos.
Quizá algo así nos ha impulsado a viajar en bici.
Gracias, Françoise, por descubrirnos lo importante de la vida.
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